En qué consiste
¿Antes o después? es el séptimo modo de Juego Libre, la sección de SAPIENS pensada para jugar en solitario cuando te apetezca, sin calendario ni salas de espera. Aparecen dos cosas —la coronación de Carlomagno y el primer mensaje enviado por ARPANET, por ejemplo— y solo tienes que decidir cuál ocurrió antes.
Si aciertas, la racha sube y sale otra. Si fallas, la partida se acaba ahí mismo. Aciertes o falles, siempre se revelan las dos fechas, colocadas sobre un eje de la más antigua a la más reciente y etiquetadas con las palabras «antes» y «después». Esa es la parte que convierte un fallo en algo aprovechable: te vas sabiendo los dos años igualmente.
No hay temporizador. Puedes pensarte cada comparación todo lo que quieras.
Las dos formas de preguntar
Siete de cada diez rondas enfrentan dos hechos entre sí. Las otras tres enfrentan un hecho contra un año redondo: «¿la primera proyección pública de los Lumière fue antes o después de 1900?».
Los dos formatos se alternan a propósito y nunca salen dos seguidos del segundo tipo. Agrupados producirían un tramo fácil y otro difícil; alternados, el ritmo se mantiene. Y el año de referencia no es cualquiera: solo se usan los que la gente maneja como mojón —múltiplos de cincuenta, y de diez a partir de 1900—, porque un «¿antes o después de 1963?» no ancla nada.
Por qué dos fechas muy juntas no valen
Una pregunta cuya respuesta solo se puede acertar tirando una moneda es peor que una fácil. Por eso las dos fechas de cada ronda tienen que estar suficientemente separadas — y «suficientemente» no significa lo mismo en todas las épocas.
La gente recuerda lo reciente con precisión de un año o dos, el siglo XIX con cinco o diez, y lo medieval con veinticinco o más. Un hueco fijo de tres años daría preguntas justas en 2010 y auténticas loterías en el año 1100. Así que el hueco exigido crece con la antigüedad: tres años para lo moderno, once alrededor de 1500, veintiuno hacia el año 1000.
Eso descarta comparaciones que parecían buenas. La caída del Muro de Berlín y la propuesta de la World Wide Web son las dos de 1989, y el primer mensaje de ARPANET y la llegada a la Luna, las dos de 1969: a resolución de año esas preguntas no tienen respuesta, y no se sirven nunca.
Por qué el tema no puede delatar la época
Enfrentar mundos distintos es lo que hace divertido el modo: comparar dos tratados es aburrido, comparar un tratado con el estreno de una película genera la duda de verdad. Pero aquí eso trae un problema que no tienen los otros modos de comparar.
La solución es que dos cosas de mundos distintos solo se enfrentan dentro del tramo donde los dos mundos existen. Internet no existe antes de 1969, así que un hecho de internet solo se compara con hechos históricos posteriores a esa fecha — que es justamente la comparación interesante, y no un punto regalado.
Es una regla que se comprueba, no una intención. Ponemos a jugar estrategias tramposas que no saben ninguna fecha —«el tema más antiguo gana», «el texto más largo es el más viejo», «di siempre la de arriba»— a miles de partidas cada una. Ninguna pasa del 51 %, es decir, ninguna le gana a lanzar una moneda.
Los ocho mundos
El banco tiene 160 hechos repartidos en ocho mundos, veinte en cada uno. Cinco de ellos abarcan siglos a propósito, para que puedan cruzarse con cualquier época; dos no pueden hacerlo, y eso obliga a que los demás lleguen hasta hoy.
Cómo se fecha cada cosa
Casi nada tiene una fecha. Un invento tiene la del prototipo, la de la patente, la de la demostración pública y la de la venta, y suelen separarse décadas. Por eso aquí no se fecha nunca «la invención de algo»: se fecha un acto concreto y documentado, y el enunciado dice cuál.
El bolígrafo es el ejemplo perfecto: tiene una patente de 1888, otra de 1938 y venta masiva en los años cuarenta. «La invención del bolígrafo» no tiene respuesta; «la patente del bolígrafo de Bíró» sí. Lo mismo con el teléfono, cuya prioridad lleva un siglo discutiéndose mientras la patente de Bell no admite duda, y con la primera película sonora, que se acota como la primera de éxito porque hubo experimentos con sonido durante décadas.
Cuando no hay forma de zanjarlo, el hecho simplemente no entra. Por eso no encontrarás aquí la llegada al Polo Norte: la reclamación de 1909 lleva más de un siglo en disputa y no hay autoridad que la resuelva. Cada fecha lleva su fuente apuntada internamente, aunque no se muestre en pantalla, igual que en el resto de modos; puedes leer más sobre el proceso en cómo preparamos las preguntas.
Y los enunciados no llevan cifras ni nombran siglos, para no regalar medio ancla. Esa regla deja fuera títulos que habrían venido de perlas: «2001: una odisea del espacio» no está en el banco por llevar un año en el nombre.
Racha, récord y partidas gratis
Tu marca es la racha: cuántas comparaciones seguidas resuelves antes de fallar. Al terminar verás la de esa partida, tu mejor racha de hoy —que se reinicia a medianoche— y tu récord histórico, que no se borra nunca.
Y hay algo que se nota más de lo que parece: la dificultad sube con la racha. Las primeras comparaciones traen fechas cómodamente separadas, y según aguantas el hueco se va cerrando hacia el mínimo. La octava ronda es una pregunta bastante distinta de la primera.
El sonido lo cuenta también. Cada ronda suena como dos notas cuya distancia es el hueco entre las dos fechas, en orden cronológico si aciertas y del revés si fallas. Como el hueco se cierra ronda a ronda, las dos notas se van juntando hasta casi rozarse. Si prefieres jugar en silencio, el modo respeta el ajuste de sonido general.
Tienes dos partidas gratis al día en ¿Antes o después?, independientes de las de los otros seis modos de Juego Libre: gastar unas no toca las otras. El contador se reinicia a medianoche, igual que los retos diarios.
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